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Más allá de las elecciones de EE.UU.

Cuando se publique este editorial seguramente se conocerán la mayoría de los resultados de las elecciones de mitad de período en los Estados Unidos que renuevan toda la cámara de representantes y aproximadamente un tercio de la cámara de senadores. La gran pregunta es si los demócratas mantendrán la mayoría en ambas cámaras o si los republicanos logran acceder al control de alguna o ambas, cada una de las cuales tiene su consecuencia.

Si los republicanos alcanzan el control de alguna cámara lograrán frenar en buena medida el empuje socializante del ala más radical del Partido Demócrata a la que ha cedido el presidente Biden parte de la iniciativa. Pero quizá lo más relevante es que sucede con la cámara de senadores. Si el partido de Abraham Lincoln logra el control del Senado tendrá la posibilidad de bloquear las nominaciones demócratas al Poder Judicial, algo clave en el andamiaje institucional norteamericano.

Ciertamente la política de Estados Unidos ha tenido un cambio muy importante en la última década, lo que no convierte a ese país en una excepción. Los populismos se han enquistado en dos de los partidos más viejos del mundo y debe verse que existe una importante posibilidad de hacer daño desde ambas partes. Es común centrarse en el trumpismo del Partido Republicano y, en efecto, la tendencia a que los legisladores de ese partido hayan tenido que alinearse con posiciones absurdas del expresidente para lograr ser elector o reelectos es un problema real.

Los candidatos republicanos que se han negado a adherir a la tesis de Donald Trump sobre que existió fraude en las últimas elecciones en que fue derrotado por Joe Biden son excluidos del partido por los propios votantes en las internas de cada estado. Esto ha llevado a una creciente radicalización republicana que cada vez está más lejos de la visión liberal de Ronald Reagan y más cerca del proteccionismo y estatismo característico de quienes eran sus rivales.

La principal característica del sistema de pesos y contrapesos de la Constitución es asegurar que la democracia sobreviva a los intentos totalitarios y preserve los derechos. En eso ha sido exitosa, pero no es invulnerable.

Por otra parte, en un fenómeno menos atendido, los demócratas también han sufrido un proceso de radicalización, en que el partido de Kennedy se va alejando progresivamente de sus clásicas posiciones socialdemócratas para deslizarse sin escalas hacia el socialismo. En efecto, desde el fenómeno de Bernie Sanders hasta la más joven y reciente Alexandria Ocasio-Cortez el izquierdismo radical ha ganado terreno a pasos agigantados.

Aunque a los demócratas les fue muy bien en términos electorales y económicos bajo el pragmatismo de Bill Clinton que declaró que la era de los gobiernos grandes había terminado, parecen haberse convencido de la necesidad de avanzar en una agenda de estatización de la economía norteamericana. A su vez, en términos de agresividad y denuncias de fraude no tienen nada que envidiarles a los trumpistas, al final del día son dos modelos de la misma especie.

En el medio de esta polarización de populismos de izquierda y de derecha resiste la institucionalidad norteamericana plasmada con sabiduría por los padres fundadores en su Constitución. La principal característica del sistema de pesos y contrapesos de la Carta Magna es asegurar que la democracia sobreviva a los intentos totalitarios y preservar los derechos de las personas aún bajo los peores gobernantes. En esto ha sido exitosa, pero no es invulnerable. En algún momento los populismos de izquierda y de derecha pueden llegar a converger en propuestas de reformas institucionales que desfiguren la clásica separación de poderes de Montesquieu y allí el embate político puede ser incontenible.

Estados Unidos ha vivido en democracia desde siempre y sigue siendo, aún hoy, un ejemplo de libertad para el mundo. Casi cualquier país del mundo envidia el progreso material y las condiciones de libertad con que se viven en el país de George Washington. Pero la democracia necesita algo más que instituciones sólidas, necesita que la mayoría de la población crea en ellas y las sostenga y esa pata ha comenzado a crujir. Si las próximas elecciones son entre Donald Trump y Kamala Harris, en un país donde zafar del bipartidismo es casi imposible, nada bueno asomará en el horizonte de la tierra de los libres.

Existen aún personas, por cierto, que dentro de ambos partidos, y fuera de ellos, luchan por una vuelta a la normalidad. Del éxito de su pelea por convencer a sus compatriotas de que vale la pena defender el viejo modelo norteamericano y su sueño dependerá el futuro de los Estados Unidos.