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Un merecido homenaje

Ayer la Academia Nacional de Economía le brindó un merecido homenaje a la trayectoria al Dr. Ignacio de Posadas, más allá de toda duda una de las personas que más se han esforzado por hacer pensar al Uruguay en las últimas décadas. En tiempos en que la inteligencia y profundidad en nuestro debate vernáculo no abundan, sino que por el contrario se agradecen cuando se encuentran, ha sido para simpatizantes y detractores una referencia ineludible.

Recuerdo antes de conocerlo personalmente, en mis primeros años de Facultad de Ciencias Económicas, un ejercicio propuesto en una materia que consistía en el análisis de dos artículos de prensa sobre el mercado de trabajo. Uno estaba escrito por el catedrático de la asignatura, un destacado senador del Frente Amplio, y el otro por Ignacio. La conclusión a la que quería llegar el docente era que el primero tenía razón y el segundo decía disparates, pero aún en aquellos tiempos en que intentaba aprehender los primeros conceptos económicos, mi percepción fue que la cosa era más bien al revés. Bastaba seguir la lógica implacable de Ignacio, los antecedentes históricos que citaba y la crítica demoledora a los argumentos contrarios para entender quien razonaba mejor, a pesar de los denodados esfuerzos del profesor.

Luego la vida me dio la posibilidad de conocerlo, de acompañarlo en la militancia política en mi juventud y de llegar a quererlo y admirarlo. Ha sido un abogado destacado y un empresario exitoso, como lo atestigua el estudio que lleva su apellido. Ha sido un servidor público ejemplar, con una extraordinaria gestión como Ministro de Economía y Senador dónde se destacan iniciativas que cambiaron al país para bien. Ha puesto su talento para apuntalar diversas iniciativas sociales y a su Iglesia, con la que siempre ha estado comprometido. Y más importante aún, a nivel personal, formó una familia que es la base de todo lo demás.

Pero quizá la faceta pública más relevante de Ignacio, a pesar de ser un forjador de realidad concreta, es la del intelectual que no deja a nadie indiferente. Es un liberal clásico en un país en que salirse de la tibieza conceptual está mal visto. Defendió la libertad política siempre, desde su militancia wilsonista a las amenazas que sufre el mundo en nuestros días y la libertad económica, como complemento indispensable de la primera, fuente de prosperidad insustituible y condición necesaria para la movilidad social y la superación personal.

Le planteó al Uruguay con frontalidad brutal cuáles son los desafíos que tiene que resolver y se animó a decirle cómo superarlos. Desplegó una crítica fundada en el plano filosófico, político y económico al batllismo, así como a sus principales exponentes, con el natural costo en un país en que casi todos son batllistas. Gracias a la inteligencia superior que Dios le dio y a la cultura que desarrolló, lo hizo con la contundencia de los pocos que quieren y pueden hacerlo.

El espacio de la columna me obliga a concluir con muchos aspectos pendientes, pero no quería dejar pasar la feliz iniciativa de la Academia Nacional de Economía para brindar un breve y sentido testimonio de los motivos de mi admiración por Ignacio, que es también una ocasión de agradecimiento.