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Viernes 03.07.2009, 14:25 hs l Montevideo, Uruguay
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Cultural


Con Tilda Swinton

"Soy una turista en Hollywood"

Vera von Kreutzbruck

(desde Berlín)

SUS RASGOS andróginos, su lánguida silueta y su mirada penetrante se hicieron conocidos internacionalmente cuando, en 1992, interpretó el personaje de Orlando en el film de Sally Potter basado en la novela homónima de Virginia Woolf. Desde ese momento, Tilda Swinton (Londres, 1960) se ha mantenido fiel al cine independiente, eligiendo papeles arriesgados y elaborándolos con rigor y total entrega.

Ha recibido numerosos premios, entre los que se destacan el Oscar, el Globo de Oro y el BAFTA como mejor actriz secundaria en Michael Clayton (2007, dir. Tony Gilroy). Acaba de filmar en España una película de Jim Jarmusch, The Limits of Control, junto a Bill Murray y Gael García Bernal, y a fines de 2009 comenzará a filmar otra película bajo la dirección de la escocesa Lynne Ramsay, donde encarnará a una mujer con dudas sobre su maternidad. Tiene en el tintero un proyecto sobre la vida de Lewis Carroll, autor de Alicia en el país de las maravillas, dirigido por el músico Marilyn Manson, mientras sigue trabajando para una fundación dedicada a difundir el cine entre los niños.

En febrero pasado fue la presidenta del Jurado de la competencia oficial del Festival de Cine de Berlín.

EL FARO JARMAN.

-Ha trabajado con muchos cineastas independientes. ¿Quién ha sido su mayor inspiración?

-Mucha gente. En primer lugar, Derek Jarman. Yo vengo del mundo del arte, así que me han influido tanto cineastas artistas como directores que tienen una formación artística. Me considero más bien una suerte de modelo del artista porque así es como me enseñaron a trabajar. La performance más emblemática para mí es la del burro en la película Au Hazard, Balthazar, de Robert Bresson. Ése es mi objetivo, mi santo grial: tratar de ser tan animal como ese burro.

-¿Cómo fue que decidió hacer el documental Derek, sobre Derek Jarman?

-Surgió de una conversación con los productores Colin McCabe e Isaac Julien. Decidimos realizarlo porque nos dimos cuenta de que nadie sabía quién era y de que tampoco se podían conseguir los DVD de sus películas. Ésa ha sido una gran frustración para mí en los últimos diez, quince años. También hicimos el documental para honrarlo y rememorar la época en la que hizo sus películas. En esos tiempos nos quejábamos por lo difícil que era ser un artista de la resistencia cultural contra Margaret Thatcher o Ronald Reagan. Pero, en realidad, las cosas funcionaban mejor que ahora porque había financiación para el cine. Te daban un poco de dinero y sabías que ibas a recibir más para los próximos cinco proyectos. El artista tenía la posibilidad de desarrollarse. Ahora todo se rige por el mercado. Hay un organismo al que sólo le importa generar ganancias. Les interesa más el dinero que la cultura. Y creo que esto está relacionado con el colapso de la televisión. Antes había una industria televisiva digna y no se hablaba de la industria del cine. Por eso se podían hacer mejores proyectos.

-¿Cuál es el legado de Jarman?

-Fue un activista cultural, y no sólo me refiero a su actividad política sino también a su lucha contra el SIDA y las doctrinas represivas del gobierno británico. Jugó un papel muy importante en la resistencia cultural, incluso a nivel internacional. Y como artista fue muy significativo porque formó parte de una larga e ilustre tradición artística. Inglaterra, como todos los países pequeños, es muy buena para enterrar a sus grandes artistas. Derek es un ejemplo maravilloso de un artista internacional que logró prevalecer y tener un impacto también en su propio país.

-Y en su caso, ¿cómo ha logrado obtener tanta libertad para elegir proyectos?

-Me encuentro en una posición privilegiada. Empecé a trabajar en un ambiente muy especial. Con Derek colaboré ocho años y estuve en siete de sus películas. Tuve la oportunidad de desarrollar cierta sensibilidad y una forma de trabajar. Cuando Derek murió, en 1994, me quedé sin mi mayor colaborador. Afortunadamente, para esa época ya había trabajado suficiente y la gente me empezó a contactar para ofrecerme proyectos. Ésa fue mi bendición. Recientemente he tenido una rara experiencia en Estados Unidos, no sólo porque estaba lejos de casa sino porque trabajé en el sistema de los estudios, que es un lugar muy exótico, misterioso e interesante. Pero esta aventura está llegando a su fin y ahora estoy trabajando más en mi casa.

EN LA CUERDA FLOJA.

-¿Qué desventajas tiene trabajar en Hollywood?

-No me considero parte de ese sistema y tampoco me ha causado ningún sufrimiento. Soy una turista allí. Es un lugar muy interesante para visitar pero yo soy de otro planeta.

-¿Qué criterios tiene para elegir los papeles?

-Nunca elijo los papeles, elijo a la gente. Esto tiene que ver con el hábito que desarrollé en los comienzos de mi carrera. Todo empieza con una conversación, de ahí salen los proyectos y, por último, veo qué voy a hacer. Para mí el papel en sí mismo es lo menos importante. Ahora he vuelto a trabajar más en Europa. Filmé con el francés Erick Zonca, con Luca Guadagnino en Italia, con Béla Tarr en Hungría. Lo próximo que voy a hacer será con Lynne Ramsay.

-Su papel en Orlando, de Sally Potter, contribuyó a la redefinición de la identidad de género. ¿Cuál es su posición al respecto?

-El film está basado en el texto clásico de Virgina Woolf, escrito hace mucho tiempo. Como en cualquier posibilidad de transformación, uno también puede jugar con el cambio de género. Mi idea de identidad de cualquier tipo es que no estoy segura de que realmente exista. He examinado esta idea de forma lateral desde que hice Orlando y otros films que tocaban el tema de la transformación de género. Toda idea de transformación me interesa como actriz. Es un tema muy personal. Puedo decir categóricamente, como lo hace Orlando en el film, que probablemente soy una mujer. No sé si alguna vez voy a poder decir que soy una chica, porque mucho tiempo me sentí un chico. No lo sé, quién sabe. Voy cambiando.

-En Orlando hay una escena en particular donde vive por primera vez la muerte y luego decide transformarse en una mujer para poder dar a luz. ¿Por qué piensa que tomó esa decisión en ese momento?

-Orlando trata del espíritu. Me acuerdo de que cuando filmamos esa película pensaba que era sobre la transformación, porque ésa era mi tarea como actriz. Pero el objetivo de Orlando no era cambiar sino continuar siendo la misma persona. Hace poco vi el film nuevamente y, en particular, me conmovió esa parte de la película, la transformación. Orlando tiene la ventaja de poder transformarse; no todos tenemos ese privilegio. Pero el personaje intenta ser coherente con su espíritu, es decir, para lograr mantener unido su espíritu decide convertirse en mujer.

-La elección de papeles masculinos, como en Orlando o Constantine, ¿forma parte de un experimento con el sexo y el género?

-Para mí es natural hacer esos papeles. Me gusta caminar por la cuerda floja, balancearme de un lado a otro dentro de la identidad sexual y de género.

-¿Hay límites en esa transformación?

-Sí, hay límites. Por ejemplo, yo soy madre y sé algo de lo que puede o no ocurrirte cuando eres madre. La idea es darle una vuelta de tuerca. Darse cuenta de cuál parte de ti pierdes y cuáles retienes. También me interesa el envejecimiento. En El curioso caso de Benjamin Button hago el papel de una mujer que vive lamentándose porque cuando era joven tuvo la oportunidad de nadar a través del Canal pero no lo hizo. Cuando es vieja logra dar vuelta su vida haciendo lo que siempre quiso hacer. Eso es muy inspirador. A medida que envejezco me doy cuenta de que existen ciertos conceptos que nos limitan de tal forma que determinan el orden de las cosas. Si no te divertiste lo suficiente en la adolescencia puedes hacerlo con cuarenta o sesenta. La gente está pensando constantemente en que es demasiado tarde para hacer ciertas cosas. ¿Por qué? Mis hijos tienen once años y ellos me transportan a esa edad. Ahora estoy pensando en cómo es tener once años.

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